***

¡Ni aunque todos se opongan
Los doloridos,
No hay dolor que se iguale
Al dolor mío!

¡Este es el triunfo, madre,
Dame la muerte,
Dámela despacito,
No me atormente!

Y así siguió toda la noche la jarana, mientras la caña circulaba y los corazones anhelosos se buscaban, tratando de fundir en una sola todas sus aspiraciones.

Con los primeros rayos de la aurora se pensó recién en poner punto final a la fiesta, y los guitarreros echaron el resto en una hueya[29] de aquellas donde se oyen quejidos y risas, donde se ven lágrimas y alegrías, verdadero reflejo del carácter de nuestro gaucho.

Las guitarras comenzaron a vibrar, mientras uno de los cantores gemía con voz gutural:

¡Por una ausencia larga
Mandé sangrarme,
Hay ausencias que cuestan
Gotas de sangre!

***

¡A la hueva, hueya,
Hueya sin cesar,
Abrasé la tierra
Vuelvasé a cerrar!

Y tras la hueya, la concurrencia comenzaba a despedirse y a dirigirse al palenque—unos en busca de sus pilchas para dormir por ahí, en cualquier parte, otros para tomar sus caballos y buscar su rancho, solos o acompañando a alguna de las damas que, llevando en ancas a su mamá, volvía al suyo,—cuando de repente un tropel de caballos despertó los ecos del campo dormido, y coreado por ruidos de latas, pasos precipitados, ladridos de perros y ayes acongojados de las mujeres asustadas, resonó estentórea una voz vinosa que, dominando aquel desconcierto, nos dejó como clavados en el puesto que cada uno ocupaba.