—¡Alto a la polecía!... ¡No se mueva naides!
Vino el dueño de casa y se acercó al que gritaba, que no era otro que el sargento de policía que andaba de recorrida:
—¿Qué busca, mi sargento, por estos pagos? ¿En qué le podemos servir?
—¡En nada, amigo!... ¡A ver, caballeros, formensén en ese limpio[30]: vamos a revisar las papeletas[31]!
Cinco de los presentes carecíamos de semejante documento y algunos de ellos, como yo y el que después fue el cabo Minuto, que murió en los Corrales[32] en 1880, ni habíamos oído hablar jamás de tal requisito que debieran llenar los ciudadanos.
¿Quién se iba a ocupar en enseñarnos las leyes?
¿Con qué objeto?
¡Ya se encargará el castigo de probarnos que no era bueno desobedecer los mandatos del Gobierno!
Excuso decir que hasta sin despedirnos del dueño de casa abandonamos el viejo rancho bamboleante, rodeados por la partida y montados de dos en dos en mancarrones inservibles a cuyas piernas hubiese sido una locura confiarles una esperanza de salvación.
¡Los fletes nuestros y nuestras pilchas mejores, serían la presa de los piquetanos que nos habían cazado como a chorlos![33]