¡Ahí quedaban entre sus garras hambrientas!

Siempre he pensado, después, que estos procedimientos son el origen de ese odio ciego, de esa invencible antipatía que los soldados de línea sienten por las policías rurales, y que los hombres observadores no alcanzan a explicarse.

¿Trata uno de cobrarse las prendas tan injusta como infamemente arrebatadas en un momento de desgracia?

Puede ser...

El hecho es que cada vez que se ve una chaquetilla de infantería puesta sobre un pantalón particular, un sable golpeando sin gracia las canillas de un compadrito y un kepí[34] con vivos colorados jineteando sobre una chasca[35] enmarañada y estribando en los cachetes por medio del barbijo roñoso, el alma se subleva: uno recuerda los primeros dolores y las primeras humillaciones, y, por las dudas, pela[36] el machete para vengar, si no los agravios de uno, los de aquellos que más tarde han recorrido el áspero sendero.


[V]

DE PARIA A CIUDADANO

Fui soldado y me hice hombre.

Con el 64 de línea, adonde me destinaron por cuatro años, como infractor a la ley de enrolamiento, recorrí la República entera, y, llevando en mi kepí el número famoso, sentí abrirse mi espíritu a las grandes aspiraciones de la vida.