Rompió la cubierta, tomó la cartulina que contenía y luego de recorrerla, exclamó:

—¡Diez años de servicio sin un arresto, y dos ascensos por acción de mérito!... ¿Qué es lo que desea, sargento?

—¡Querría servir con Usía en la policía!

—¿Conoce bien la ciudad?

—No, señor.

—¡Bueno!... ¡Ya se hará a la cancha![47]... Vea, no tengo sino puestos de vigilante; pero aquí, con buena conducta, se asciende pronto.

—Está bien, señor.

Y diez minutos después recibía mi ropa en la mayoría[48], y quedaba como vigilante en la guardia del Departamento.

El principio de mi carrera fue penoso y mortificante. Carecía hasta de las nociones más elementales de lo que formaba la vida de la ciudad, y todo era para mí motivo de asombro y de curiosidad.

Las calles, los tramways, los teatros, las tiendas y almacenes lujosos, las jugueterías, las joyerías, las, iglesias, no era extraño que me arrastraran hacia ellas con fuerza invencible y que no tuviera ojos ni oídos para observarlas y asombrarme: era que todo me llamaba, todo me atraía.