Las visitas, para darle datos, se repitieron unos seis u ocho días. Durante ellos, no se ocupó de clientes ni de nada: no tenía más preocupación que Angelina, y ella, según se lo había manifestado, en momentos en que la ternura llevaba a tocarse sus cabezas, no tenía tampoco más preocupación que el doctor.

Una tarde en que el idilio alcanzó proporciones alarmantes, y en que su boca sedienta de besos, pedía y pedía sin cesar pruebas del amor que reflejaban los ojos de la hija del cliente respetable, ésta le prometió la gloria: a las doce de la noche le esperaría en la sala de su casa en la calle de las Artes[93], cuyo zaguán sería dejado entreabierto para darle paso.

Esta sentencia definitiva que se prometía a sus súplicas, le entreabría el cielo.

Toda esa tarde se creyó un Tenorio.

Con el último campanazo de las doce, dado por el reloj de San Nicolás, penetraba él sigilosamente a la casa de su amada, y se arrojaba en sus brazos.

Un mundo de besos fue el saludo: era mudo, pero expresivo.

Luego se encaminaron a tientas a una butaca, pero no se habían sentado aún, cuando en una de las puertas interiores apareció el respetable cliente con una vela en la mano y seguido de dos testigos.

La inocente muchacha aprovechó la confusión para hacerse humo.

Él estaba alelado.

—Ha pretendido usted corromper a una menor... ¡los señores son testigos! Voy a labrar un acta y...