—Señor doctor, habiéndose enfermado mi padre...
—Señorita..., señori... ta, crea que...
—...no puede concurrir y me...
—¡Valiente!... Tanta incomodidad... ¡Tome usted asiento!
—...¡envía con estos papeles para que usted los revise!
Le tomó los papeles, y cuando sus dedos rosados tocaron los suyos, sintió un cosquilleo en el corazón, en la espalda y en las piernas, que, francamente, le hizo pasar un mal rato.
Ella, ruborosa, le miraba con sus ojos brillantes e incomparables.
Revisó los papeles a la ligera y se convenció de que no le daban luz alguna en la cuestión.
Lo manifestó así a la portadora, y con este motivo entró en una agradable conversación, que degeneró en charla bullanguera.
Cuando se despidieron eran lo más amigos, y ella prometió volver al día siguiente a traerle nuevas luces, cosa de que él no dudaba, mirando sus hermosos ojos pardos, dulces y tiernos.