De ahí me fuí lijero a buscar a Laurencio, le describí cuanto habia ocurrido, i obtuve su promesa de ayudarme a trepar hasta la ventanilla por donde habíamos de vernos con mi Lucía.
Para omitir detalles, no quiero demorarme en la descripcion de las infinitas citas que tuve con aquel ánjel en lo sucesivo: yo permanecia horas enteras apegado a la ventanilla por donde nos veíamos, pendiente con una mano de la reja i afianzando los piés en una cuerda que me servia para izarme; pero miéntras estaba con aquella mujer divina no sentia incomodidad alguna, no veia otra cosa que a ella, no oia mas que sus palabras, ni respiraba mas que su aliento. Recíprocamente nos contábamos nuestras desgracias, nos comunicábamos los proyectos que formábamos para salir de tan penoso estado, hablábamos de nuestro amor i nos lisonjeábamos con un porvenir de placer i de ventura: estos coloquios avivaban nuestro fuego, nos consolaban i nos hacian dulces nuestras angustias.
La situacion en que ella se encontraba era desesperante: desde la muerte de su madre, jamas habia pisado el dintel de la puerta de calle de la casa de su tutor. Este jamas le dirijia una palabra, la forzaba a estar todo el dia sola en un cuarto que le servia de prision, sin ver mas que a unos cuantos esclavos que nunca desplegaban los lábios en su presencia; por la noche se ocupaba en rezar con una vieja, que era su espía i la cual ejecutaba fielmente todas las órdenes de tiranía que le daba don Gumesindo. Se veia, en fin, precisada hasta de reservarse de su confesor, que era el capellan de la casa, porque sospechaba que procedia de acuerdo con su tutor.
Yo era el hombre mas feliz, porque en medio de la miseria a que me veia reducido, me sentia adorado por la única mujer que habia ocupado siempre mi corazon; pero la pobreza me condenaba a no ver realizadas jamas mis ilusiones. Ella era rica i tampoco podia disponer de sus riquezas: solo podia llorar conmigo nuestra desventura.
A veces me asaltaba la desconfianza por su amor, porque no hallaba motivo para que una mujer tan bella i de tantas prendas estimables se fijara en un miserable como yo, que para vivir se veia precisado a trabajar de artesano; en un hombre sin porvenir i condenado por su destino a una perpetua desgracia; pero ella me consolaba con sus caricias i me juraba amarme siempre a pesar de todo. A los ocho meses de mantener esta comunicacion, resolvimos fugar de aquel lugar aborrecido i establecernos en otra parte, en donde pudiéramos gozar libremente de nuestra union, i reclamar con el tiempo sus propiedades. Combinamos el plan de nuestra fuga, i a mí me pareció bien consultárselo a Laurencio, el cual se interesó tan vivamente en el buen éxito de la empresa, que prometió acompañarme a donde fuera con mi querida.
Este hombre que me inspiraba tanta confianza i con quien tanto simpatizábamos, corria entónces la misma suerte que yo; era pobre i desvalido. Habia llegado a la Serena casi a un tiempo conmigo, pero se ignoraba de dónde i con qué fin: él decia que habia sido comerciante en su pais i que viniendo al Perú con sus negocios, un naufrajio le redujo a la indijencia. Despues veremos la verdad de este relato.
El dia de la Cruz de Mayo de 1813, debia efectuarse nuestra partida a las dos de la mañana, i Lucía habia de salir vestida de hombre por una alta pared que cerraba por un costado la casa de don Gumesindo. Todo estaba dispuesto, i contábamos entre los preparativos cuatro hermosos caballos, que nos habian costado muchos meses de trabajo a mí i a Laurencio. Amaneció el dia deseado i nosotros estábamos alegres porque no habia obstáculo que no estuviese ya vencido, i teníamos la seguridad de no haber sido descubiertos.
Yo ansiaba por que llegase el momento i me reputaba mui dichoso; pero pasando por la plaza con el objeto de hacer todavía alguna dilijencia, tres soldados me detuvieron i me llevaron a la presencia del juez, que despues de haber sabido mi nombre i mirádome mucho, me remitió a la cárcel con la órden de que me colocaran incomunicado i con una barra de grillos. Al instante temblé i obedecí sin replicar, porque no hubo duda para mí de que habia sido descubierto nuestro plan. La desesperacion se apoderó de mi alma de tal modo, que si el carcelero no me hubiera quitado un puñal que llevaba conmigo, me habria dado la muerte en aquel instante mismo. Pero luego quedé en calma i en una especie de embrutecimiento que no me dejaba pensar, ni siquiera sentir.