—No hallo cómo.

—Dime, estas ventanillas que hai en lo alto de la pared del costado de la casa, ¿a dónde caen?

—A la despensa i al cuarto de una esclava negra, que es la única mujer que hai aquí, i la cual me espía i me maltrata mucho.

—¿Pero no podrias subir por la despensa?

—Sí, porque hai algunos trastos grandes que pueden servir para ello, pero tú no podrás alcanzar por la calle.

—Pierde cuidado, nos veremos esta noche.

—No puedo; mañana sí, a media noche.

—¿Me prometes no faltar, Lucía? ¡Dame tu mano.....!

Me dió un sí espresivo, i entónces no ví mas, no sentí mas que su linda mano: maquinalmente la estreché a mis lábios, perdí el sentido; la fiebre me abrasaba el corazon i todos mis miembros perdieron su vigor. En ese instante entró Luciano; Lucía estaba ya en su asiento, i yo permanecia aun lánguido i sin accion para moverme ni hablar una sola palabra.

Desde luego no traté mas que de concluir la obra para retirarme de aquel sitio en donde un momento ántes habria deseado permanecer para siempre: no sé por qué se apoderó de mí una zozobra, una inquietud inesplicable: me parecia que habia sido sorprendido, que me iban a matar i a privarme de asistir a la cita que acababa de darme mi Lucía. En poco tiempo mas, estuve desocupado. Don Gumesindo llegó al oratorio, miró el altar i pasándome el precio de mi trabajo, me dijo: anda con Dios, te has portado..... Al salir, nos correspondimos con Lucía una mirada que significaba mas que cuanto habíamos hablado.