Dí principio al trabajo sin saber lo que hacia, porque aun podia divisar desde allí a mi ánjel que no se atrevia a levantar los ojos, sin embargo de que don Gumesindo estaba en una posicion desde donde no la veia. Despues de un largo rato me puse a aserrar una tabla enfrente de ella i entoné un yaraví peruano con los versos
Aunque me olvidas, te adoro,
i aunque no me das consuelo,
yo lo tengo, porque lloro.
El ruido de la sierra no dejaba percibir a don Gumesindo la letra de mi canto, pero Lucía la entendió al momento, porque la ví mirarme con sus ojos llenos de lágrimas i suspirar con ternura. En aquel momento delicioso fuí mas feliz que lo he sido en toda mi vida; olvidé mis pesares, i en lugar de llorar me reia como un niño. Luego trajeron a don Gumesindo una gran taza de chocolate, él se desvió un poco de la puerta del oratorio para tomársela al sol, i aprovechando yo aquel momento, saque mi carta i se la tiré a Lucía; ella la recojió i sonriéndose la besó. Volví a aserrar otra tabla i Lucía acercándose a la puerta me dijo en una voz suave i dulce:—«Alvaro, yo no sé leer!».....
Perdí todas mis esperanzas al oir aquella fatal noticia i llegué a desesperar de mi suerte, pero por fortuna llegó entónces Luciano a avisar a su amo que le buscaba el guardian de San Francisco; i don Gumesindo se dirijió a recibirle diciendo a su esclavo: «atiende a ese hombre.»—El español era tan celoso que nunca dejaba entrar a alma nacida a las piezas que comunicaban al segundo patio donde yo estaba trabajando, i por eso acostumbraba recibir a los que le visitaban, que eran dos o tres personas, en un cuarto que estaba cerca de la calle. A él se encaminó don Gumesindo para recibir al guardian.
Luciano, abusando de su confianza conmigo, se introdujo al oratorio a darme conversacion; yo estaba desesperado i no hallaba medio alguno para retirarle, hasta que se me ocurrió decirle que necesitaba fuego para seguir el trabajo; i miéntras se apartó para cumplir mi deseo, Lucía se aproximó a la puerta temblando, pálida como si acabara de cometer un gran crímen, i nos cruzamos estas palabras en voz baja:
—Lucía, ¿me amas todavía?
—¡Jamas te olvidé!
—¿Con que no sabes leer? ¿Cómo podremos comunicarnos? tengo muchas cosas que decirte.....