—¿Vienes para el trabajo?
—Sí, señor.
—Pues bien, si no acabas a las diez, puedes pensar en no hacer nada.
—Acabaré ántes, señor.
—¡Eh! ¡qué dócil pareces, bribon! ¿de dónde eres tú?
—De Lima, señor.
—¿Mucho tiempo ha que estás en estos lugares?
—No, señor.
—Pues bien, no tienes mala pinta, anda al trabajo, me replicó hiriéndome con una mirada que acabó de intimidarme.
Al pasar por el cuarto contiguo al oratorio, que comunicaba con el de don Gumesindo, ví a Lucía sentada en el estrado i tejiendo randas en un cojinillo pequeño que apoyaba sobre su rodillas: al verla se me cayeron de la mano las herramientas, ella levantó sus hermosos ojos, los fijó en mí, el cojinillo rodó por la alfombra i la pobre niña quedó con sus lábios entreabiertos i yerta como si hubiese caido un rayo a sus piés. Un grito terrible de don Gumesindo, que me decia:—¡Hola, ya principias con torpezas! me sacó de mi atolondramiento; tomé las herramientas i seguí mi camino.