No creas que porque sufro,
soi cobarde:
No hai mal que por bien no venga
aunque tarde.
Yo lloraba amargamente al oir estas quejas i me imajinaba ver a Lucía con sus grandes ojos negros cubiertos de lágrimas, sentia que estrechaba mi mano entre las suyas, i mi ilusion llegaba hasta el estremo de persuadirme de que hablaba con ella i de que ¡la poseia para siempre...!
III.
El fruto principal de mis tareas en un año, habia sido la amistad que me procuré con el negro Luciano, que era el único esclavo de quien don Gumesindo se confiaba. Principié a agasajarle i a captarme su cariño, pero era tanto el poder que sobre su corazon tenia el amo, que aun se recelaba para responderme a las preguntas mas insignificantes que yo le hacia acerca del réjimen de la familia. Al fin de muchos trabajos, logré de él tener algunas nuevas de Lucía, las que no hicieron mas que avivar mi pasion; pero como yo temia todavía del negro, no me atrevia a tentar su fidelidad. Un dia le encontré en la calle i me dijo que buscaba a un carpintero para que acomodase una gran parte que se habia caido del altar del oratorio de su señor, porque el maestro que trabajaba en su casa estaba aquella vez mui enfermo: aprovechando yo la oportunidad, me le ofrecí, i con pocas instancias logré que me diese aquella ganancia. En efecto, busqué algunas herramientas, i aunque no entendia el arte, me atreví a improvisarme carpintero, confiado solo en el amor; i una hora despues estaba a la puerta de don Gumesindo a cuya presencia fuí conducido por Luciano.
Estaba el español recien levantado de siesta, con el gorro calado hasta las cejas, i sentado en un canapé en cuyo brazo tenia apoyado el codo de manera que afirmaba su barba sobre la palma de la mano, abrazándose la garganta entre el índice i el pulgar: su aspecto era el del gato que acecha, por que tenia un ceño terrible. Díjole entre dientes a Luciano que me condujera al oratorio i volviese para tratar. Así lo hicimos i nos ajustamos por un precio mui bajo, quedando de principiar la obra al otro dia. Me retiré con el sentimiento de no haber visto a nadie mas que a don Gumesindo en la casa, i llegué a temer que no me seria posible ver a Lucía, que era el único objeto de mis esfuerzos.
Desde aquel momento no pensé mas que en el modo de dármele a conocer, i al efecto escribí una carta para entregársela al dia siguiente. Un amigo mio, que era un español llamado Laurencio Solis, me sorprendió aquella noche al tiempo de estar trazando en el papel la revelacion de mi amor; i como yo lloraba i escribia a un mismo tiempo, no pude ocultarle mi propósito; a mas de que necesitaba desahogar mi corazon, deseaba tener un amigo que aprobase mis sentimientos, que me ausiliase con su consejo. Desde entónces consideré a Laurencio como un hermano que el cielo me concedia para templar mis amarguras.
Llegó el dia deseado, i al rayar el sol me puse en casa de don Gumesindo, armado con los útiles necesarios para ejecutar la obra i comunicarme con mi querida. Entré temblando a la presencia de este hombre, que entónces me pareció mas terrible que nunca: me dijo sin mirarme i con voz mui entera: