A los dos años de mi residencia en aquella ciudad, supe que habia muerto la madre de Lucía, i nunca mas volví a tener de ésta la menor noticia. Sin embargo, todas mis ilusiones le pertenencian; alguna vez me aficioné de tal o cual mujer, porque mi imajinacion me la figuraba parecida en algo a mi Lucía; siempre que me entregaba a las ilusiones, que son tan frecuentes en la juventud, ella era el único término de mi aspiracion; la ausencia me le hacia mas bella, mas anjelical; i como no habia yo tenido otro amor, i mi corazon necesitaba amar, ella ocupaba sola toda mi alma, i por ella sola vivia.

Despues de mi llegada a la Serena, traté de tomar noticias acerca de esta linda niña, pero sin descubrir mi corazon; i la vieja María me hizo saber que la antigua, amiga de mi padre, al tiempo de morir, habia encomendado su hija i todos sus bienes a un español que era mui conocido en aquel pueblo por la orijinalidad de sus costumbres.

Este hombre singular que se llamaba don Gumesindo Saltías, habitaba en una casa aislada, al estremo del poniente de la poblacion, a la orilla de la vega que se dilata hasta la playa: no tenia familia, no se le veia jamas en público, i de los esclavos que le rodeaban, solo uno practicaba las dilijencias que necesitaba en la calle. En esa casa habitaba mi Lucía, i era opinion comun entre todos los de la ciudad que habia enloquecido al poco tiempo despues de muerta su madre, por cuyo motivo jamas se la habia visto por nadie desde aquella época.

Un año empleé practicando las mas prolijas diligencias a fin de ver a mi querida o de saber algunos pormenores mas sobre su suerte, pero nunca pude avanzar mas en mi objeto. Me propuse andar siempre mal traido para no llamar la atencion sobre mí, i tomé la costumbre de dirijirme a la vega, con mi caña de pescar, todas las tardes, apénas terminaba los pocos quehaceres que tenia. Me colocaba al pié de las paredes de la casa de don Gumesindo, i desde ahí estaba en continuo acecho, i siempre sacando con mi anzuelo los camarones de la vega. Desde aquel sitio, que estaba para mí lleno de encantos, presenciaba la caida del sol en los abismos del mar; sus reflejos iluminaban las aguas de tal modo que parecia que iba a hundirse en una inmensa hoguera, cuyas llamas herian la vista, miéntras que el cielo estaba cubierto i matizado de nubes negras i rojas que a veces me arrobaban el alma i me hacian olvidar a la pobre Lucía. De este modo pasaba la tarde i venia la noche a encontrarme en la misma situacion, porque así permanecia horas enteras calculando i buscando modo de conseguir salir de aquella penosa situacion a que me habia reducido mi suerte.

Lo único que me sacaba a veces de mis delirios era una voz vaga i suave que entonaba algunos versos al otro lado de la pared i que yo alcanzaba a percibir, porque ésta tenia en lo mas alto unas aberturas largas i angostas cruzadas de dos barras de hierro mui fornidas. Para mí no habia duda de que aquella era la voz de Lucía, i esta persuasion me daba el consuelo mas grande que en aquellas circunstancias podia esperar.

Mucho tiempo hacia que no recibia mi alma este descanso, cuando una tarde oí patentemente que cantaban estos versos:

Aunque me olvidas, te adoro,

i aunque no me das consuelo,

yo lo tengo porque lloro.

I despues de algunos mas, que no alcancé a percibir sino mui vagamente, oí con mucha claridad estos otros: