Quince dias, los mas espantosos de toda mi vida, pasé encerrado en un sótano, que tenia su entrada en el cuarto mismo que habitaba mi salvador i corria hacia una callejuela de la ciudad, por donde habia mucho tráfico i que daba a espaldas del palacio del virei. ¡La oscuridad de aquel sitio inmundo no me dejaba ver siquiera mi propio cuerpo, la humedad trababa mis miembros i penetraba hasta mis huesos, la fetidez me hacia desesperar i correr frenético a los ángulos de aquella prision en busca de aire puro que respirar! Desde ahí percibia yo el bullicio de la calle i hasta las conversaciones de los transeuntes. Un dia sentí gran tropel, voces i gritos confusos; oia tocar la agonía en una iglesia próxima, i de cuando en cuando una lúgubre campanilla precedia el grito de álguien que pedia limosna para el que iban a ajusticiar. ¡Este era Alonso, sí, mi amigo Alonso, que ese dia fué arrastrado a un banquillo, por la piedad del virei, que le habia conmutado la pena de horca a que fué condenado por los jueces. La misma sentencia recayó sobre mí....!

El que me habia salvado la vida completó su favor, haciéndome salir con precaucion para el Alto Perú. ¡Dos años vagué por pueblos estraños, procurándome la subsistencia, unas veces de limosna i otras soportando los trabajos mas duros para comer un pan de maiz humedecido con mis lágrimas! Atravesé el pais hasta llegar a la Rioja, i despues de un sinnúmero de sacrificios i de privaciones, trasmonté los Andes i pude alcanzar a la Serena, ¡mi patria! Entónces desperté como de un letargo, me sentí estenuado, me ví lleno de andrajos, rodado de miseria; ¡pero hubiera gritado como un loco, al reconocer las calles de mi pueblo! ¡Hubiera acariciado con delirio a todos los que encontraba al paso, sin embargo de que ellos ni siquiera me echaban una mirada de compasion! ¡Nadie me conocia, la casa que habité en mis primeros años estaba ocupada por jentes estrañas!

La primera noche que pasé en aquella ciudad deliciosa no tuve donde acojerme: estendí mi manta sobre las losas de una de las puertas del templo de Santo Domingo, i me dormí arrullado por el estruendo de las olas del mar; tuve sueños de ventura, i me desperté, al rayar el sol, riéndome, como si hubiese sido el hombre mas afortunado del mundo. Pero tenia hambre, estaba cubierto de harapos i era preciso pensar en mi situacion; ya me habia puesto en pié para ir a buscar adonde trabajar, cuando se abrieron las puertas de la iglesia. Entré lleno de veneracion i me arrodillé a oir una misa que principiaba. ¡Mi corazon en aquellos momentos fué todo de Dios, me sentia feliz con acercarme a él a pedirle misericordia i amparo! Al acabar su misa el sacerdote, se volvió al pueblo, i con voz trémula i aire apacible, le pidió una oracion implorando el favor de la Vírjen Santísima sobre los desgraciados que acababan de morir en la plaza de Santiago, en defensa del nuevo gobierno que se habia instalado a nombre del rei.

Esta noticia que oia por primera vez, llamó sériamente mi atencion. Salí del templo, llevando en mi corazon el placer que se gusta despues de haberse acercado a Dios, pero lleno de curiosidad por lo que habia oido decir al sacerdote. Me acerqué a una pobre anciana, que tambien salia, para hacerle algunas preguntas; quise reconocer sus facciones, llaméla por su nombre i ella me respondió con sorpresa: no pude contenerme, la abracé i me le dí a conocer. La pobre vieja habia estado al servicio de mi madre, me habia asistido hasta mi partida a Lima. ¡Lloramos juntos en silencio! i cuando pasó nuestra primera ajitacion, me llevó a su casa i me prodigó mil cuidados.

De ella supe cuanto deseaba saber de mi desgraciado padre, cuya memoria no existia ya, sino en uno que otro de los habitantes de aquel pueblo. Supe, ademas, que como ocho meses ántes de mi llegada, se habia cambiado el gobierno del rei en Santiago, por medio de una revolucion que presajiaba muchos desastres.

Algunos dias despues, pude presentarme a varias personas, pero todas me desconocieron; i reflexionando entónces que el hombre, cuando está sumido en la miseria, solo puede confiarse en sus propias fuerzas, principié a trabajar en lo que se me proporcionaba accidentalmente para ganar mi subsistencia i no hacerme tan oneroso a la pobre vieja que me habia facilitado su hogar i su mesa.

Yo sentia que mi juventud se iba apagando i encontraba en mi corazon un vacío que me hacia la vida insoportable. Los recuerdos que asaltaban mi mente eran todos funestos: solo un pensamiento que me habia acompañado en todas mis peregrinaciones me conmovia agradablemente. Pero era una ilusion vaga, como aquellas que le quedan a uno despues de un sueño delicioso, era el recuerdo de un amor inocente i puro que habia dominado mis primeros años.

Mi padre acostumbraba, cuando yo estaba todavía a su lado, visitar todas las noches a una anciana viuda, con quien le ligaba una amistad de muchos años; la anciana tenia una hija, menor que yo, la cual por su pureza i hermosura parecia un ánjel. Todas las noches nos reuníamos: nuestras conversaciones eran inocentes, nuestros juegos tambien lo eran; a veces advertíamos que los dos ancianos nos fijaban sus ojos con placer i se sonreian; nosotros nos ruborizábamos i quedábamos en silencio. Yo no tenia durante el dia otro pensamiento que el de llevar por la noche algun dije a mi amiguita Lucía, o el de aprender algun cuento para referírselo, porque sentia un profundo placer de verla con sus ojos clavados en mí durante mi narracion; sentia necesidad de que me mirase i de mirarla yo tambien...

El amor habia estrechado nuestros corazones i nosotros lo ignorábamos, no hacíamos mas que sentir sus efectos. Este amor fué el que hizo amarga mi separacion de la Serena, ese amor fué el que siempre tuve presente durante mi ausencia, él habia llegado a ser para mí una especie de relijion, que no me atrevia a abjurar, porque temia cometer un crímen, o mas bien porque no podia hacerlo; ese amor era mi vida. Así es que miéntras duró mi mansion en Lima, jamas me atreví a mirar a una mujer, sin que me asaltase el temor de ser infiel a mi Lucía.