Sí, comprendo. Soi loca. Por eso me trajeron aquí. Lo recuerdo bien. Llegué buena, pero profundamente triste. Algo de mui raro sentia yo en mi pecho. Hubiera dado mi vida en aquel momento por llorar, ¡i no podia!...
¡Qué multitud de fisonomías! En un salon habia muchos hombres a lo largo de una mesa. Los ví al pasar. Todos jesticulaban i trabajaban; pero estaban en silencio, i unas monjas de caridad los vijilaban. Mas allá entraban en ese momento a otro salon muchas mujeres en fila, todas vestidas uniformemente, i venian custodiadas tambien por monjas. Contigua a la salita a que me condujeron (¡oh! ¡es esta misma, la misma colgadura, los mismos muebles!) habia otro aposento en que se paseaba con lijereza una mujercita fea, de ojos saltados, vestido aseado; pero era horrible. Dijeron que era una portefía rica, que se llamaba... no sé cómo. Entramos aquí, nos sentamos, ¿i entónces?... ¡Entónces!
¡Ah! Sí, él. Pasó ese infame. Lo ví, la misma figura, la misma sotana, el mismo breviario en la mano... ¡Oh! Sí, lo ví. ¡Infame! ¡Sacrílego! ¡Demonio! ¡Satélite infernal de mi hermano! ¡Ah! ¡Ah! ¡Me muero! ¡Socorro!... ¡Quita allá, monja del diablo!... ¡Yo no te llamo, no te quiero!...
II.
Bueno: que se vaya en paz. Pobre monja. Es bondadosa. Con qué risa tan cordial me contaba el trabajo que le costó sujetarme anoche, i cuánto habia hecho por hacerme callar. Dice que la ultrajé mucho: pero lo decia con una alegría que muestra el candor de su alma, que da donosura a su seco rostro i gracia a su enorme boca llena de raros dientes. ¡Pobre monja! ¡Qué paciencia necesitan estas mujeres para soportar su oficio!
Son las dos de la tarde en mi lindo reloj. He dormido mucho; pero tengo fiebre. ¡Ah! ¡qué seca está mi mano, qué negra i arrugada! Soi vieja, sí, vieja de cuerpo; pero mi pobre corazon se resiste a envejecer.
Es él quien me atormenta. Es él quien tiene la memoria de lo pasado. Es él quien ama todavía. Mi razon solo le ha servido para ocultar sus deseos, para disfrazar sus latidos, para disimular sus arranques, sus delirios, sus dolores; pero jamas lo ha dominado, jamas le ha puesto freno.
¡Ah, corazon! ¿Por qué no envejeces como mi cara, como mis manos? Si hubieras envejecido, yo habria sido feliz. Mi vida habria corrido tranquila como el Plata, luciente como ese pequeño golfo que diviso al traves de la reja, serena como el Illimani...