¡Ah! Mi cerro, mi monte querido, el compañero de mi infancia, el blanco de las profundas miradas de mi juventud. ¡Mi cerro! ¿Te acuerdas de mí? Yo miraba tu blanca cabeza todas las mañanas al levantarme, i me estasiaba contemplándote. Cuando el sol del ocaso te doraba, tú atraías mis ojos i hermanabas tu eterna juventud con mi juventud pasajera. Yo tambien resplandecia entónces. ¿Te acuerdas? Cuando una cortina de gasa cubria tu inmensa majestad, yo estudiaba los graciosos pliegues de tu velo para imitarlos en mi traje.
Todos me llamaban bonita. Talvez lo seria. Nó, realmente lo era. Este elevado talle que aun me queda era flexible i gracioso como una tierna tacuara. Mi color i mi cútis, enrojecidos por el dolor, eran de rosa: i mis ojos, cárdenos i marchitos ahora, tenian tus luces i tus relámpagos, hermano mio, caro Illimani...
Tú estás siempre allá, inmóvil en tu base de oro. Yo soi un tizon de tus yaretas arrancadas para el fuego. Nunca me lo imajiné. Creia vivir siempre contigo, i siempre como tú. ¡Cuántos juramentos hice a tu presencia, creyéndolos eternos, como tú eres! ¿No te acuerdas? Una noche pasaba yo a tu vista, descansando amorosamente en el brazo de Fructuoso. La luna lo abrazaba todo con su luz de turquesa, i tú apagabas sus ondas con el reflejo de tu cumbre nevada.
—Mira como se hermanan, me decia Fructuoso, la luz del Illimani con la de la luna. Se podria señalar la línea en que se confunden.
—Son la imájen de tu alma i la mia, le replicaba yo, con aquel acento imperceptible que solamente oyen los corazones que se adoran.
—Pero la imájen mengua i desaparece, Pepa querida,—dijo él suspirando como quien llora.
—I vuelve siempre, eternamente, i no acabará jamas, como mi amor, le repuse, estrechando su brazo dulcemente.
En ese momento paraba nuestra comitiva i guardaba silencio para oir. Nosotros, que íbamos adelante tambien paramos. Se sentia una sonora guitarra, pulsada con maestría. Aquellos acentos eran deliciosos. Yo temblaba i no era dueña de mí. Una voz varonil i dulce, acompañada de la música, cantaba un yaraví cuyos últimos versos se me quedaron grabados en el corazon:
El que jura amor eterno,
Triste, se olvida