De que amor no es el infierno,

Sino la vida.

I esclamé entónces con toda la fuerza de mi alma:

«Prefiero que el mio sea un infierno para que no acabe.»

—No, alma mia, será un cielo, que tambien es eterno, murmuró Fructuoso a mi oido.

¿Cuál de los dos anunció la verdad en aquel momento de felicidad, de que tú fuiste testigo, Illimani portentoso?

Mi deseo se cumplió. ¡Mi amor ha sido i es un infierno!...

Estoi loca. En los accesos de mi mal debo amar furiosamente. Las palabras i los actos que me recuerda la monja, como para correjirme, lo dicen. El llanto apaga ese incendio: pero entónces quedo amando, como ahora, con el dolor punzante del recuerdo, con el fuego concentrado de un volcan que se esconde debajo de su cráter. Siempre mi amor es un infierno...

¡Ah! Si yo pudiera salir de aquí, navegar libremente en ese lindo golfo, sentada a bordo de esos pequeños vapores que lo cruzan, oyendo la música de las harpas i violines de los italianos, que ganan su vida tocando! ¡Qué feliz fuera yo!

Allí aparece uno. Rompe audaz las olas serenas, levantando espumas. ¡Cuál viene la jente! ¡Qué movimiento, qué alegría! Pero no se acerca aquí. Esta playa es desierta. ¡Han aislado la mansion de la locura!...