¿Por qué no aislan tambien las ciudades? ¿No son todos locos? ¡Oh, sí, el mundo tambien está aislado! Será porque está habitado por locos. ¿A quién hacia yo mal? ¿No devoraba en silencio mi dolor? ¿No callaba? ¿No me ocultaba para llorar? ¿Por qué me han puesto aquí? ¿Quién podrá libertarme, si todos los mios han muerto?...

¡Sí! ¡Fructuoso! ¡Oh qué muerte tan horrible! ¡El clérigo! Allí, allí aparece...

No, no os alarmeis, sor María. Entrad sin cuidado. No estoi loca. Hablaba sola, porque estoi escribiendo lo que hablo. Sentaos, i dejadme llorar, las lágrimas me ahogan...

III.

Mucho lloré ayer, i despues me dormí profundamente. ¿Qué será el llanto, qué serán las lágrimas?... ¿Por qué el dolor del alma se desahoga mas por los ojos que por los suspiros del corazon? Parece que el fuego del alma produce la lluvia como los rayos de que se corona el Illimani producen los torrentes que se desbordan de sus faldas. Aquí tambien el fuego de este cielo abrasador sofoca a veces, i cuando los rayos estallan con su espantoso estampido en la cumbre del Corcobado, el cielo se deshace en lágrimas, i con el fresco de la humedad, se restablece la calma. ¿Será que él tambien padece i llora como yo?...

¡Ah! ¡Es preciso no llorar! Quien llora como yo, es encerrado en un asilo de locos... Los cuerdos no lloran, rien de todo. Para ser cuerdo, es necesario no tener fuego en el alma. Eso que llaman gran mundo en la sociedad tiene un páramo en su cerebro, siempre helado, siempre yerto, jamas ardiente.

¡Prefiero ser loca...!

Pero esta mañana se ha admirado el doctor de mi mejoría, i le repetia a sor María: «que ella duerma, cuidad de su sueño, que duerma mucho, aunque llore mas. Los ojos, cansados de llorar, se cierran pronto... Hacedla pasear por las galerías»...

¡Pasear! ¿Para qué? Para presenciar aquel cuadro espantoso?

Los locos desfilaban a hacer su almuerzo en el comedor. Iban callados i en órden, como los niños de un colejio. Abajo, en ese hondo patio, separado por rejas de las galerías que lo rodean, habia unos cuantos, de ropas desgarradas, de caras siniestras, dispersos i léjos unos de otros. Ni se miraban. Uno vestia casaca. Era militar. Su alma, sin duda, no fué un páramo...