¿Quiénes son esos? pregunté a sor María, que me hablaba en ese momento de la Vírjen.

—Son los furiosos,—me respondió.

—¡Ah! ¿Tan pocos hai?

—Todos los demas, añadió ella, con cierta intencion, están en sus celdas separadas, i tienen cada uno un guardian... como yo...

¿Seré yo furiosa? dije entre mí...

A las sazon les tiraban el almuerzo por la verja a los furiosos. El militar lo arrojó con la punta del pié, se quitó la casaca, la dobló con prolijidad, i poniéndola de cabecera, se tendió en las piedras.

Los otros comieron. ¡No he visto jamas nada mas horrible! Solo el tigre come así, devorando, aspirando el alimento, mirando a todas partes, gruñendo tal como si hubiera otro tigre para arrebatárselo, lanzando rayos por los ojos. En un minuto no habia nada sobre las losas, i los furiosos gruñian todavía. Estaba allí solamente el animal. El espíritu se habia volatilizado...

Me admiré. Me aflijí, temblé de miedo...

—¿Así como yo? pregunté a sor María, llena de vergüenza.