Volví a los balcones, en el momento de la partida. Iban a la campaña del Perú. Todo era movimiento en aquella plaza, todo bullicio; pero las músicas militares llenaban el aire con sus melodías, i parecia que lloraban. Sus acentos atravesaban el alma i humedecian todos los semblantes con dulces lágrimas.
Fructuoso montaba un potro blanco, que no marchaba sino que piafaba.
Frente a mis ventanas estuvo mucho tiempo, i yo me extasiaba mirándolo.
El sol reflejaba mas sobre el blanco mate de su cara, que sobre sus bruñidas armas. Parecia tranquilo, pero triste i severo. Su cabeza levantada dejaba ver toda su hermosura.
Sus ojos se fijaron muchas veces en mí, i cuando los mios se encontraron con ellos, me parece que se unieron i confundieron dos rayos de luz, que él cortó, moviendo graciosamente su espada para saludarme...
¡Ya nos amábamos!...
Una hora despues estaban desiertas la plaza i las calles. Pero yo creia divisar todavía a Fructuoso entre la nube del polvo que dibujaba por la senda del Alto la columna en marcha.
Me parecia oir todavía la vaga armonía de la música que se despedia, i sentia mi corazon opreso con aquella angustia del amor en ausencia.
El recuerdo de ese dia me hace llorar i mis lágrimas van borrando lo que escribo. ¿Este dolor tan dulce será locura?...