Basta de lágrimas. Pero, no; quiero reanudar esos recuerdos.
Yo no sé tampoco si viví o no durante aquellos largos meses que pasaron hasta que Fructuoso volvió con los laureles de Yanacha i Socabaya.
Era coronel i estaba aun mas bello, mas dulce, mas adorable.
Tenia veintitres años, i no habia una mujer que no se muriera por él.
En el primero de los grandes bailes con que se celebraban aquellos triunfos, se atraia todas las miradas. Allí estaba la corte de la Gran Confederacion. El Protector i sus jenerales brillaban por el oro de sus trajes i la pedrería de sus cruces.
Fructuoso, vestido sencillamente, brillaba entre todos por la elegancia de su porte, por la serenidad i hermosura de su rostro.
El Protector lo presentó a mi madre i a mí, i cuando él estrechó mi mano, pidiéndome una contradanza, me desvanecí, no sé si de gloria o de amor...
Cuando bailábamos, me dijo él:
—Usted es la reina del baile, segun el voto de todos; pero yo la he visto a usted mas bella i mas deslumbradora en otra ocasion.