—¡Eh! Ya vais a tomar otro barreno. Todo se debe a que os quité de la vista al que habiais tomado...

—No entiendo, doctor. Por piedad, hablad claro. Ya sabeis que la mejor panacea que tomo es vuestra conversacion, i ella no ha sido jamas enigmática. La claridad de vuestras ideas es lo que ha iluminado mi espíritu. Hablad, hablad...

—No tengais aprensiones, señora. Principiad a curaros de vuestra susceptibilidad. Lo que he dejado de deciros es una nimiedad. Atendedme, pero prometedme no preocuparos. He notado que muchas veces os causaba el acceso un pobre loco que paseaba libremente por estas galerías, i he dispuesto lo pongan en otra parte. Eso es todo. ¿Comprendeis?

—¡Un clérigo!...

—Sí, un clérigo. Sentaos. Perdeis el color, ¡Dios mio! Fijaos bien en mis palabras. Desechad recuerdos. Ese clérigo os recordaba algo, pero no es él quien puede haberos hecho mal. Es un pobre que tiene la rareza de haber pasado de tonto a loco. Nunca ha salido del Brasil. No podeis haberle hallado en otra parte.

—No por cierto. Es que se parece a otro que a decir verdad no me ha hecho mal; a otro que ayudó a bien morir a...

—¡Señora! Fijaos en mí. No recordeis nada. ¡Agua, sor María! El pomo...

—¡I despues se reía!...

—¡Tomad un poco de descanso! Hablemos de otra cosa. Es un rico olor el de ese pomo, ¿verdad? ¡Venid, venid a la ventana, el emperador pasa! Va a la Lagoa, al Jardin de Plantas....