—Nó, no, doctor. Es preciso que lo sepais todo. Lo necesitais para curarme. Si hubo temeridad, solo fué de mi parte. En la víspera de aquel terrible dia, presté el oido imprudentemente a una conversacion que ciertos infames satélites de mi hermano tenian en una antesala.

Uno se jactaba de haber prestado una declaracion en las mismas palabras que estaban en el papel que se le habia dado. Otro le reprochaba que esa fidelidad podia ser causa de que fusilaran al coronel injustamente. No será mia la culpa, replicaba el primero; he cumplido con la órden que se me dió, aunque sé que el coronel es inocente, i que si lo fusilan es en castigo de su amor... No por conspiracion, pero a mí, ¿qué me importa? Al contrario, me darán un grado, para que calle...

Esta conversacion me hizo estremecer. Hacia muchos dias que no sabia de Fructuoso, que no hallaba noticias suyas. Mi inquietud fué terrible. No comí, no dormí; lloré, me desesperé, i llegué al estremo de intentar salir a la calle esa noche, a las tres de la mañana, en busca de Fructuoso. No lo conseguí. No pude forzar ninguna puerta, ni escalar ningun techo, ni seducir a ningun sirviente, a ningun soldado...

Al dia siguiente, apénas se abrió mi casa, salí para ir a la iglesia. En la puerta de calle, un soldado me detuvo, diciéndome que no se podia salir. Todo fué inútil. Nadie me obedeció, nadie me oyó siquiera.

Volví a mi aposento, llorando amargamente. Me eché en un sofá, fuera de tino, llena de dudas, de aprehensiones, de temores, que desechaba o admitia, que combatia o aceptaba. Un coronel, víctima inocente. Pueden haber varios. ¿Por qué ha de ser Fructuoso? Pero será fusilado en castigo de su amor... ¿Acaso los amores no son parte principal de la política de mi hermano? ¡Habrá tantos castigados por causa de su amor! ¿Por qué ha de ser precisamente Fructuoso?...

I estas reflexiones eran justas en ese momento. La plaza, las calles estaban de fiesta: destacamentos militares con sus músicas, jentío, bullicio, gritos, silbos, risas de alegría. Todo era movimiento i algazara. No era dia de castigo, no era posible que se tratara de ajusticiar a nadie. ¿El pueblo podia estar tan alegre?

Casi me tranquilicé. Pero temblaba de acercarme al balcon, aunque la curiosidad me devoraba. La música habia cesado, el bullicio se apagaba. Yo daba un paso al balcon i dos atras. Algo me sujetaba. No sabia qué. La angustia me sobrecoje de nuevo. Me reprendo. ¡Qué cobardía! ¿Por qué me formo fantasmas? ¡Estoi loca! ¡Vamos, serenidad!...

¡Un redoble! Una voz de mando, ruido de armas! Silencio... Un tambor sordo se acerca, tocando una marcha que aun ahora me retumba en el corazon—tan—tamatan—tan... ¿Qué será? ¿Por qué ese silencio? ¡Ese tambor siniestro!...

Me lanzo a la ventana. Miro: era él, Fructuoso, sí, Fructuoso, rodeado de soldados; un clérigo con un Santo-Cristo en las manos le acompañaba i le hablaba. El marcha sereno, firme, airoso. Al pasar me saluda con la mano, llevándosela al corazon. Pasa... Yo no creo lo que veo. No lo comprendo. No me lo esplico. No sé, no...

—Basta, basta, amiga mia, no continueis.