—En la calle de Santa Rosa afuera, cerca del Cequion, añadió el mismo soldado; i los serenos de la calle han declarado que tarde de la noche vieron salir en un caballo colorado a un hombre flaco, que llevaba a otro por delante, sujetándolo con mucho trabajo, porque se iba para los lados como borracho. Despues volvió solo el mismo hombre en su caballo.
—¡Pobrecito! esclamaron algunos, ¡Dios lo haya perdonado! ¡Tan niño! ¡Tan buen mozo!
Alejo callaba, siempre absorto, i devoraba todos los detalles del cadáver con sus miradas, ¡Esta cadena! decia para sí, yo la he visto, pero ¿a dónde? Todos las usan iguales, mas una noche yo he encontrado a un jóven alto como este, que me llamó la atencion porque iba de prisa i llevaba una cadena parecida que se cimbraba i sonaba al andar. ¿Seria este mismo? ¿Cuándo fué eso? Sí, hace pocas noches, cuando se me pasó la hora viendo jugar una partida de billar en el café de la Nacion. El jóven iba, sí, por mi calle. ¡Ah! El penitente, ya estoi. Pero no, el penitente le habria quitado por lo ménos el reloj.
Alejo se retiró del pórtico despues de largo tiempo i siguió su camino, siempre absorto en sus reflecciones. ¡Nó, no puede ser, decia continuando su monólogo; hai tantos iguales! ¡Fuera malos juicios! Yo no he de ser el juez de este crímen. ¡Qué jóven tan hermoso! ¡Qué bien vestido! Debe ser mui conocido. ¡Pues sí, yo creo haberlo visto muchas veces!...
Balbuceando estas i otras frases, llegó al colejio. La hora habia pasado. Alejo volvió a su casa dominado de la misma impresion. No pudo estudiar. El cadáver estaba tenazmente a su vista. En la tarde se le pasó tambien la hora, i faltó al colejio. Por la noche se sintió mal, tomó la cama; pero su sueño fué una larga pesadilla con el muerto.
En 1831, todavía tenia viva la imájen del cadáver, i no habia acontecimiento de los muchos que habia presenciado, en aquella época ajitada, que le hiciera olvida al muerto. Lo mas raro es que jamas habia podido adquirir la menor noticia que le aclarase el misterio. Muchas veces habia escuchado con interes las conversaciones del café sobre el muerto, pero lo único que habia sacado en limpio era que nadie, ni la misma justicia, habian podido adquirir dato alguno sobre el asesinato. El jóven habia sido mui conocido i estimado; pero Alejo no habia sabido de él otra cosa que su nombre. Se llamaba Manuel P.... Todo lo demas que habia oido eran conjeturas, como las que él mismo habia formado. El nombre de su calle no habia figurado jamas en las hablillas del café.
III.
Aquel muerto habia quitado muchas horas al estudio i al sueño de Alejo.
No se las habia quitado ménos la casita misteriosa de su barrio. Pero ¿qué tenia de particular esa casa? Nada. Unicamente se distinguía de los demas caserones vetustos del barrio, interceptados por anchos solares tapiados o aportillados, en que tenia al frente un altillo, un solo balconcito, que eternamente estaba cerrado. Así lo estaba tambien la puerta de calle, que era talvez la mas alta i decente de toda la calle.
Alejo conocia a todos los vecinos, o mejor dicho, sabia quiénes eran. Pero siempre que preguntaba quién vivia en la casita, le respondian que unos viejos godos, Como la mayor parte de los propietarios del barrio. Su nombre no lo sabian, o las vecinas se disputaban entre sí sobre cuál era el verdadero.