Cualquier jóven habria pasado por alto estas menudencias.

Pero Alejo era curioso, i sobre todo mui inclinado a lo misterioso. Regularmente se sentaba en el umbral de su puerta de calle a leer o estudiar, pero atisbando siempre la casita, i jeneralmente despues de largas horas, tenia que entrarse, sin haber visto nada, sin haber siquiera sentido moverse las puertas de la casa misteriosa.

Al fin se propuso olvidar esa pesadilla, i se impuso el deber de no mirar a la casita; pero sus ojos le desobedecian, la curiosidad le vencia, i él tenia que renovar con juramento todos los dias su propósito.

Un domingo de otoño, Alejo subió al cerro de Santa Lucía a tomar su paseo de descanso. Los rayos tibios del sol de la tarde inundaban la ciudad i la campiña, i el aura ténue i deliciosa refrescaba el ambiente. Las arboledas i las viñas amarillaban al lado de los verdes potreros, al Oriente i al Sur; el rio corria solitario i serpenteaba a lo largo del tajamar, dejando a la orilla opuesta un blanco pedregal que se iba a perder en las lejanas arboledas de San Cristóval; i al poniente estendia la ciudad sus largas calles de techos brillantes, sobre los cuales se alzaban los templos i uno que otro edificio público. ¡Hermoso panorama! Alejo estaba embebido, i sobre todo no podia apartar sus ojos de los claustros del Cármen Alto, que tenian para él el atractivo del misterio por su soledad, apénas interrumpida de tarde en tarde por el bulto de una monja que se escurria a lo largo de un corredor. Alejo pensaba en la austeridad de aquel aislamiento, i esta idea le recordó aquella casita, que tambien estaba aislada allí en su barrio.

La tenia a sus piés, la dominaba con su vista. ¡Prodijio! ¡qué veo! esclamó Alejo.

En efecto, un batiente de la puerta del balcon estaba despejado. Se afirmaba contra la hoja una mujer que, leyendo un libro, estaba como escondida, dando su frente al cerro, pero sin que saliese ni siquiera el ruedo de su vestido al balcon. Desde la calle era imposible verla. Pero desde los altos peñascos en que estaba sentado Alejo, se la veia como era, pequeña de estatura, pero mas bella que el lucero que aparece al alba coronando los Andes.

Alejo creia verla tan bien como si la tuviera a su lado; veia el jiro luminoso de sus grandes ojos sobre el libro, sus lábios entreabiertos, su perfilada nariz, su tez de rosa; creia sentir su respiracion i ver las oscilaciones de su ancho seno, que apénas estaba velado a medias por el corpiño gracioso de su vestido.

El sol llegaba ya a su ocaso i Alejo no sentia el tiempo. Solo despertó de su arrobamiento cuando la bella lectora cerró su libro, paseó sus ojos por el cielo, suspiró mirando a los peñascos en que estaba Alejo, i como sorprendida juntó violentamente la puerta.

Desde entónces, Alejo estableció su bufete de estudio en los peñascos de Santa Lucía; pero jamas volvió a ver a aquella mujer, que ya era ídolo de su alma. El misterio se complicó.