—Esta estampa me choca, murmuró entre dientes Alejo. Es un viejo brujo que debe vivir por este lado. ¡I que no haya sido yo capaz de averiguar quién es! Lo he de seguir, aunque falte a clase.
Dicho i hecho. Volvió sobre sus pasos, i tuvo que acortarlos al tenor de los del viejo.
—¡Que haya todavía estafermos a la laya! pensó Alejo. ¡I conservan sus vestidos! ¡Todo pasa sobre ellos, como sobre esa piedra de esquina!
Distraido así, se acercaba en ocasiones demasiado al viejo, i paraba para tomar distancia. Pero en una de las veces en que mas se le habia acercado, sin saberlo, el viejo paró, sacó una llave, abrió una puerta, i al entrar se encontró con otro hombre flaco, seco, de color verdoso, que le dice:
—Buenos dias, Miguel, ¿ya oíste tu misa?
—Sí, Ramiro, contestó el albino, i te encomendé a Dios.
Ambos se cruzaron, la puerta se volvió a cerrar, i Alejo estaba en el mismo umbral, convertido en estátua de piedra. Ramiro le miró al soslayo i dijo:
—¿Qué quiere este babieca?
Pero siguió su camino.