Cuando volvió Alejo de su vértigo, de su pasmo, esclamó:
—Luego esta escena se repite todos los dias! ¡I miéntras yo estoi en el colejio!... ¡Qué estúpido! Nunca he acechado a estas horas. ¡Tal vez ella tambien sale!...
La puerta en que esclamaba de este modo, la puerta que se habia abierto i cerrado, para dar paso a Miguel i a Ramiro, era la puerta de calle de la casita del misterio.
Alejo echó casi a correr para alcanzar a Ramiro, que tenia tranco largo, porque era alto i de largas piernas, i le llevaba mucho adelantado.
Queria verle de cerca, saber a dónde iba i averiguar quién era.
A las cuatro cuadras estuvo cerca de él; pudo estudiarle. Llevaba fraque verde oscuro de angostas puntas que le pasaban de las corbas, i de ancha solapa cuyos pequeños picos se le veian desde atras recostados sobre los hombros. Sombrero alon de campana, pantalon de brin blanco, i grueso garrote por baston.
Alejo acortó el paso i guardó una respetuosa distancia. A dos cuadras de la plaza, en la calle de la Catedral, Ramiro se paró, abrió una puerta de par en par, i entró. Alejo pasó despues, mui quedito, i vió que aquel cuarto era una fábrica de tacos de billar i de otros útiles de lo mismo.
—Este hace tacos i tambien bolas, dijo para sí. ¿I aquel chonchon de ojos de ají ¿qué fabricará? ¡El misterio se aclara! ¡Paciencia i esperar! Yo no tengo que barajar como Durandarte en la cueva!...