VI.

Eso así, Alejo tenia una costumbre contraria, la de seguir la pista a Ramiro i al viejo albino, para conocer quiénes eran, de dónde venian i adónde iban. Diariamente saludaba con gran cortesía al albino,—¡Dios lo guarde, señor don Miguel!—Pero a Ramiro, no se atrevia ni a mirarle de frente.

El albino le contestaba cariñosamente, i a fuerza de oirle saludar, ya le conocia desde léjos cuando le encontraba por la mañana, o le veia, a pesar de sus ojos de sangre, arrodillado cerca de él en la Merced, oyendo misa. Siempre que Alejo podia, entraba a la Merced a observar al viejo, i cuidaba de pasarle la mano mojada en agua bendita, cuando, al salir del templo, se acercaba don Miguel a la pila.

Un domingo salieron juntos, saludándose como antiguos amigos.

—Parece que llevamos el mismo camino, dijo el viejo.

—Como no, señor don Miguel, le respondió Alejo; si somos vecinos, i yo lo conozco a usted tanto, i lo quiero de gracia.

—Dios se lo pague, amiguito. Eso prueba buen corazon, i su Divina Majestad premia siempre a los niños que honran a los pobres viejos ciegos, como yo.

—No diga usted eso, señor; usted no es un pobre viejo, sino un caballero de respeto que merece honra i consideracion.

—¡Qué bien hablado el muchacho! Tú no debes ser de estos tiempos, hijito; pues eres el único de quien oigo tales cosas. Todos los dias me empujan i me insultan en la iglesia i en la calle. No oigo otra cosa: allá va la lechuza—quita allá lechuza...