—Vea usted que desvergüenza! Disimule usted, señor don Miguel, no haga caso de eso.
—¡Oh! si yo les hiciese caso, ya estaria loco, como mis hermanos. Se lo ofrezco todo a Dios, i paso mi camino; llego a casa i me encierro hasta el otro dia. De casa a la iglesia, i de la iglesia a casa. Hace muchos años que no salgo de aquí, ni sé cómo está la ciudad.
—Pero el señor Ramiro sí que anda mucho, ¿Me parece que vive con usted?
—Sí, a veces llega a comer o a dormir. Como es casado con mi sobrina Mercedes...
—¡Pobre señorita! Tan sola que lo pasa. No se la ve nunca. ¡Parece que no hubiera mujer en la casa!
—Así es. Ni ella ni su madre se mueven, ni siquiera a misa. O son judías o locas. Yo no las entiendo. La Mercedes no baja de su cuarto, ni siquiera a comer. Los domingos suele bajar a saludarnos.
—¿Qué hace sola?
—Se lleva leyendo, i siempre manda buscar papeles, como ese que llevas en la mano. ¿Qué papel es ese?
—El Trompeta, continuacion del Defensor de los Militares, señor don Miguel. Un papel mui bien escrito, que le gustaria mucho a la señorita Mercedes.
—¿De los militares? ¡Será de los insurjentes! ¿Cómo pueden defender a esos condenados?