Ramiro tuvo noticias de la nueva amistad, i oyó callado i hosco los elojios que su suegra hizo del vecino. Despues subió a los altos con pesados pasos, se acercó a una de las mesas de arrimo donde habia tintero i algunos cuadernillos de papel, tomó la pluma i con buena letra española trazó esta línea:

«¿Hai otra vez moros en la costa? ¡Cuidado!»

No volvió hasta los cuatro dias a la misma hora, i acercándose a ver lo que habia escrito, halló debajo, de puño i letra de Mercedes, esta respuesta:

«El tigre sueña. Tiembla de una paloma. ¡Qué risa!...»

El semblante cetrino del fabricante de tacos se puso anaranjado, i eso fué lo único que reveló su vergüenza, porque no se movió un solo músculo de su cara, i sus ojos quedaron firmes i airados como siempre.

Dió la vuelta i se echó a la cama, donde permaneció despierto, pero inmóvil, por mas de una hora.

Se levantó, se acercó de nuevo a la mesa, volvió a leer, i salió, sonriéndose i meneando la cabeza.

Ninguno de sus movimientos se habia ocultado a Mercedes.

Durante aquellos cuatro dias, Mercedes, sin embargo, no habia podido olvidar a la paloma con la cual soñaba el tigre.