Esta le amaba como ama una mujer de gran corazon i de espíritu independiente, con pasion i sin reserva. Alejo amaba a Mercedes como a una hermana de alta superioridad, con acendrada veneracion i no poca admiracion.
Ambos amores estaban en contraste, pero solo era Mercedes quien lo notaba i quien se sentia contrariada.
Alejo aprendia mucho con su trato, i ella se habituaba poco a amarlo como hermano, i se enorgullecia de su superioridad sobre aquel niño cuyo corazon disciplinaba, i a cuyo espíritu abria anchos horizontes.
La intimidad crecia. Muchas veces Alejo, despues de hacer una larga lectura que encantaba a Mercedes, o despues de discutir con ésta los temas de sus estudios, reclinaba la cabeza en el blando regazo de su amiga i se dormia sintiendo un beso en la frente, o desmayándose bajo la cariñosa mano de Mercedes que resbalaba por sus cabellos i jugaba con ellos.
Pero en ocasiones el corazon se sobreponia al espíritu, i entónces Mercedes era la que mas se dejaba arrastrar por él, en tanto que Alejo era el que con mas severidad refrenaba sus ímpetus, pues su voluntad era poderosa. De esas luchas ardientes, mudas pero violentas, Alejo salia siempre satisfecho de haber cumplido su juramento de venerar al ídolo de su alma. Mercedes le admiraba i sin decir por qué, ni sin que viniera al caso, terminaba siempre con esta esclamacion, que Alejo no comprendia i que ya le era habitual:
—¡Tú vas a ser un grande hombre!
No sabemos cuánto tiempo duró aquella escuela de amor i de virtud entre esta mujer estraordinaria, que unia a todas las graciosas i dulces debilidades de su sexo un espíritu elevado, i aquel estudiante que se estrenaba en la vida equilibrando las fuerzas de su corazon con las de su alma, para hacerlas marchar unidas i mas poderosas. Lo cierto es que aquella jimnástica hizo un hombre de un niño de diez i ocho años.
Alejo no aspiraba mas que a ser digno de Mercedes, e idolatraba en ella.