—Será usted, Alejo, un desgraciado. El mundo no sufre a los hombres que tienen ideas propias, i se subleva contra toda superioridad. ¡Testigo ese pobre muchacho, cuyo recuerdo me hace llorar todos los dias!
—¿A dónde está ahora?
—En el destierro... ¡Talvez para siempre!...
—¡Ah! ¡si yo pudiera reemplazarle! exclamó Alejo con viveza.
—¡Imposible! dijo Mercedes sollozando.
—Sí, imposible es ocupar su lugar en el corazon de usted, Mercedes; pero no es imposible que yo la ame a usted como él, mas todavía, si un hermano puede adorar a una hermana...
El horizonte de aquellos dos interlocutores se habia estrechado, se habia oscurecido. Cuando ámbos volvieron en sí, Alejo estaba de rodillas inundando de lágrimas las manos i el regazo de Mercedes.
Mercedes le miraba con lánguida sonrisa i con ojos velados por el llanto i profundamente dulces...
X.
Aquella primera visita habia fijado de un modo definitivo las relaciones de Alejo i de Mercedes.