—Parece que usted ha pensado mucho sobre el asunto. ¡Tiene ideas tan fijas!
—Lo he pensado, i he tenido gran interes en pensarlo.
—¿I se ha puesto usted en el caso de un matrimonio descompuesto, que exista solo en el nombre?
—Seria inútil. Estimando i respetando a la mujer a quien se ama, la situacion es igual, porque tanto vale hacerla faltar a su esposo, como hacerla faltar a la sociedad.
—Le repito a usted que es mui severo, Alejo.
—Talvez de palabras. No sé si podré practicar mis ideas.
—Justamente ese es un punto que discutí muchas veces con mi pobre hermano. El tenia convicciones fijas. Salido al mundo, se echó de lleno en la gran política. No le veíamos en casa sino al levantarse. Algunas mañanas estaba profundamente triste.—¡Cómo tiene uno que modificar sus ideas en el mundo! me decia; no te puedes imajinar, Mercedes, cuánto tengo que sufrir. Casi nadie piensa como yo; a cada paso tengo que hacer cosas que no apruebo.—Eso solo prueba tu debilidad, le replicaba yo. Sometes tus convicciones al interes de los demas, en lugar de convencerlos.—Pero no es posible vivir con los demas, me decia él, sin cederles, sin seguir la corriente.—Eso harán los egoístas, los especuladores, objetaba yo; un hombre de carácter puede condescender, puede sacrificarse, pero en sus conveniencias, mas no en sus ideas: es preciso hacer lo que se dice i decir lo que se hace.
Alejo escuchaba con admiracion aquellas palabras de Mercedes, las cuales caian una a una estereotipándose en su mente.
Mercedes calló, enjugando una lágrima que le arrancaba el recuerdo de su querido hermano; i Alejo, sin poder reprimirse, le arrebató una mano i estampó en ella un ardiente beso.
—¡Sí! dijo, juro practicar siempre mis ideas, i en esto seré, Mercedes, su fiel discípulo, mas que en aprender el trato de las damas.