—¡Bella teoría! ¡Pero cuán difícil en la práctica! Yo creo que nadie es mas filósofo que el amor, Alejo, para argüir i contestar las razones del deber.

—No lo he experimentado. Talvez eso depende de la fuerza moral de cada cual, de las circunstancias de cada caso. Yo no sé qué hacer. No sabria qué hacer si amara a una mujer que no fuese libre para corresponderme...

—A una mujer casada. Yo, por ejemplo. ¿No es esto?

—Sí, por ejemplo. Si yo la estimara i la respetara como la estimo a usted i la respeto, no me atreveria a amarla. Tendria fuerza para no amarla.

—¡Solo por estimacion, no por respeto al matrimonio! ¿Es así?

—Mercedes, el matrimonio es un pacto, un compromiso de lealtad entre los esposos, con el cual nada tienen que ver los estraños, sobre todo si no deben amistad al marido.

—¿Eso le enseña a usted su profesor de filosofía? ¡Jesus! qué teorías!

—No precisamente. Es lo que discurro.

—¡De modo que si usted no estimase a la esposa, ni tuviese amistad con el marido, se permitiria amarla!

—Creo que no podria amarla sin estimarla. Desde que la amara de veras la estimaria, i huiria de hacerla faltar a su deber. Pero si mi amor fuera pura galantería, talvez procederia de otro modo.