Mercedes, disimulando un suspiro con una risa de encantadora gracia, tomó el libro que estaba en su costurero, i hojeándolo dijo:
—«Sampreerá a Julia.» Vaya, mi esclavo, mi favorito esclavo blanco, lea usted ahí...
Alejo leyó con amor i dulzura una carta de la Julia de Rousseau, miéntras Mercedes plegaba unos encajes, dándole furtivas miradas, i revelando a cada paso las impresiones i observaciones que le sujeria la lectura.
Al acabar la carta, Alejo esclamó:
—¿Se podrá engañar así a una niña inocente i pura? ¿No es esto hacer traicion?
—El hombre que seduce por darse el placer de una conquista, dijo Mercedes, es simplemente un infame, algo mas que un traidor. El que ama de veras, el que en amores no hace el oficio del cazador, acechando la tórtola para dispararle, es otra cosa...
—I el que ama sabiendo que no debe amar, que no puede amar, llega a ser tan infame como el que finje amor para seducir, agregó Alejo.
—¿Pero se puede vencer un amor verdadero por la sola consideracion del deber? preguntó Mercedes.
—Ahí está la virtud, la fuerza de espíritu para vencer al corazon, para sofocar los afectos estraviados.