—¡Qué severo es usted, Alejo!
—Mas yo he salido de mi cuestion. No hablaba de esa especie de traicion. Me referia a la que se hace engañando. ¿Le parece a usted, Mercedes, que uno seria inculpable, finjiendo amistad para conseguir la satisfaccion de otra pasion, como la de la codicia, por ejemplo?
—¡Seguramente que no! Pero parece usted un estudiante de moral. Yo tenia un hermano mui querido que cuando estudiaba moral en el Instituto, me hacia leer sobre las pasiones el cuaderno impreso por su profesor don Miguel Varas, i allí se hablaba de la amistad como usted me está hablando.
—Justamente. Ese es mi estudio ahora. ¿Pero no cree usted que mi observacion es justa?
—A no dudarlo, Alejo. Mas ¿quiere usted decirme cómo es que usted ha saltado tan alto, para salir de una conversacion tan llana como la que teníamos?
—¡Qué quiere usted! no sé hablar de otra cosa que de lo que tengo entre manos. I como usted me brindaba tan sinceramente su amistad, no estrañe que al jurar acá en mi pecho ser su verdadero amigo, haya yo remontado el vuelo hasta hablar de las traiciones que pueden hacerse a un juramento.
—¿Luego usted estaba jurándome amistad entre sí?
—No, precisamente. Estoi dudoso. No me atrevo todavía a hacerle a usted ese juramento.
—¿Es posible, Alejo? ¿No se atreve usted a ser mi amigo?
—¡Ah! No diga usted eso, Mercedes, no sé lo que seré para usted. Seré un esclavo. No mas por ahora. No me pregunte ni me exija mas. No sabria qué responder, qué hacer. ¡Hablemos de otra cosa!...