»Conozco sus amores con mi esposa, i no está en mi dignidad tolerarlos. Espero que usted será bastante caballero para no ponerme en el caso de probarle que tengo un pulso mas certero que el de aquel tunante. Que no le vea a usted, por Dios, en mi casa, ni cerca, pues no quisiera cumplir el juramento que le hago, de cortar con el acero los amores que usted, si es honrado, debe cortar voluntariamente. Soi de usted
Ramiro.»
¡Los amores!—¡Mi esposa!—¡A fuer de caballero leal! repitió Mercedes sonriendo.
I en efecto, la carta está calculada para inspirar terror a un niño como Alejo. ¿Niño? Nó. Es un hombre. Es valiente. Pero es mas que todo caballero i honrado. Sí, ¡es necesario salvarlo del tigre! Lo salvaré.
No debo pagarle su amor, su jenerosidad, su defensa de mi honor con esponerlo a ser... ¡Ah! ¡Sí, Dios mio! ¡A ser asesinado! ¡A mis plantas! ¡Por mí!...
Nó. Valor. Soi yo quien debo sacrificarme. Sí, me sacrificaré. Salvaré a mi hermano, a mi querido Alejo. Es fácil. Lo veré ... sí, una sola vez. Me despediré de él para siempre!...
Mercedes lloró. Mas tranquila despues, se levantó casi contenta.
Qué ¿no podré yo amarlo, sin tenerlo a mi lado? ¿No podré adorarlo desde léjos? Oh, sí: lo amaré siempre. Sabré de él. Sus triunfos serán mi alegría. Lo buscaré, lo miraré a la distancia. Lo adoraré i no lo perderé...
Mercedes dejó las cartas i pasó a su tocador; al mirarse en el espejo esclamó:
¡Oh! sí. Entónces se criaban hijas bonitas para darlas al primer mastin que las apetecia. ¡Qué tiempos! ¡I hai mujeres casadas a la antigua española que son felices! ¡Almas de cántaro!... ¡Ya se vé, no les habrá tocado un taco de billar por marido! ¿Qué un taco? ¡Un asesino!...