Alejo.»
¡Alma de oro! esclamó Mercedes. ¿Hai álguien mas noble en el mundo? ¿Ni mas inocente, ni mas puro? ¡No, ídolo mio, no serás tú el sacrificado! ¡Antes que esa fiera te toque, yo la enfrenaré!... ¡La haré caer a mis piés!
¿Es esto posible? ¿que se haya atrevido este infame a escribir esa carta al que por defender mi honor, el de él, ¡del infame! ¿hubo de perder la vida? ¡Alma de cieno!... ¡Oh cuánta es mi desgracia!...
I Mercedes estrujaba la carta de Ramiro a Alejo; i despues la estendia i la releia con una risa sarcástica en su graciosa boca:
«Señor D. Alejo.
»Mui señor mio i mi dueño:
»Como usted ya está bueno, segun se me asegura, creo de mi deber advertirle que en llegando a ésta, será usted perseguido por aquel asesino del café. Si usted quiere salvarse, es necesario que le desafíe ántes i tenga seguro que le admite.
»En tal caso, yo reclamo su lado, pues ningun otro que yo debe ser su padrino. Mas ántes es preciso que usted reciba algunas lecciones. Yo sé estocadas que nadie conoce, i puedo adiestrarle a usted en dos horas.
»Con esto pago a usted mi deuda, i a fuer de caballero leal, debo declararle que allí terminarian nuestras relaciones.