—¿I por qué no habia aprendido ántes a escribir?
Mas, Roberto como indiferente a la candidez de esta respuesta, volvió a hablar de negocios i preguntó a Llorente por las cuentas de don Sebastian Agüero, el apoderado de su padre. Pedro declaró que eran irreprochables, i que no sabia que admirar mas, si la honradez de aquel buen viejo, que era tan campechano, franco i alegre, o la fiel amistad que habia profesado al señor Greene i a su señora. El ha procedido siempre añadió, de acuerdo con doña Rosalia i hoi mismo lo administra todo con su consejo.
—Es decir, interrumpió Ana, que te haces azucarero, Pedro, puesto que te gusta tanto el injenio, i no renunciarás a Luisa, desde que no le has hallado rival.
En ese momento un sirviente anunció que el almuerzo estaba servido. Luisa se escusó de ir a la mesa i Llorente quedó con ella, diciendo que habia almorzado en el Callao, cuando entraba el Nueva Granada.
La mañana era como muchas del verano de Lima, entoldada, húmeda i sofocante. El ánimo de los dos personajes que permanecian en el salon parecia estar bajo la influencia de aquella pesada atmósfera. Guardaban silencio, sin mirarse, él en pié i pensativo, i ella mirando inciertamente las corrientes de transeuntes que se chocan i entreveran con gran ruido en la confluencia de la calle de las Mantas i la de Mercaderes con la plaza.
II.
De improviso Luisa se acerca a Llorente, le toma una mano con cariño i le dice, casi llorando.
—¿Es posible que tan corta ausencia haya puesto a prueba tu amor?...
—No, Luisa mia, contestó Pedro, con aire sincero, no te dejaria de amar, aunque estuviéramos un siglo separados. Tú sabes que hace dos años nos conocimos en Roma, cuando viajabas con tu familia en el continente. Tu belleza me cautivó entónces, i seguí a tu padre en sus viajes, por seguirte a tí. En Londres nuestro amor ya era nuestra vida, i tu padre lo bendijo. Te amo siempre lo mismo.