—¡Sin embargo, has variado tanto! ¿Tienes alguna queja de mí?...

—Ninguna. Eres tan buena, tan sincera, tan fiel, que jamas me creo autorizado a quejarme de tí. ¿Pero sabes? Preferiria que me hubieras dado algun motivo de queja... Talvez no seria hoi tan desgraciado...

—¿Desgraciado?... No te comprendo, replicó la hermosa niña, sorprendida. ¡Tú desgraciado! ¡Tú deseando tener motivo de amarme ménos! Necesitas esplicarte...

Llorente calló, i despues de una pausa, agregó:

—¿Que quieres que te esplique? Soi desgraciado. Bástete saberlo. Tú misma lo eres, pero no me preguntes por qué... Luisa, no debemos amarnos... ¡Nuestra union se ha hecho imposible!

—Te comprendo ménos, Pedro. ¿Hai aquí algun misterio que yo no debo penetrar? Te creia un caballero i jamas esperé de tí una traicion. Sin embargo, ahora me dices que nuestra union es imposible. Amarás a otra...

I diciendo esto, le volvió la espalda con despecho i se dirijió a su dormitorio. Llorente la detuvo cariñosamente i esclamó:

—Nó, mi pobre Luisa, no soi perjuro. No amo; no amo a otra. No me condenes tan sin justicia. A lei de caballero debo hablarte como te hablo; pero no puedo... sí, a lo ménos por ahora, no puedo decírtelo todo...

—¿Qué esperas? ¿Tenerme en martirio un siglo, para llegar a revelarme la causa misteriosa de tu desvío, cuando las dudas, los celos, la desesperacion hayan acabado de destrozar mi corazon? ¿Te parece a tí que por ahora debo conformarme con oirte decir que nuestra union es imposible, sin saber por qué?...

Luisa se echó llorando en un sillon. Llorente quedó meditabundo i despues añadió con calma: