—Tienes razon... Mas espera, Luisa mia, no me condenes todavía.

—¡No condenarte, cuando te veo romper sin piedad nuestro amor!... Dímelo pronto, sí, dime sin vacilar ¿por qué no debemos amarnos? ¿Quién me arrebata tu corazon?...

—Tienes razon... sí, pero yo no sé como hacer. Soi un torpe mas bien que desleal... Espera, Luisa. Habria un medio... En tu mano está. Puedes sin contrariarte, sí, tú puedes...

—Habla por Dios, no trepides. ¿Qué es lo que yo puedo, cuál es ese medio? le interrumpió Luisa con animacion.

—Dime, Luisa, respondió Llorente, estrechándole las dos manos, pero dímelo con calma... Puedes tomarte el tiempo que quieras...

—¿Acabarás? ¿qué cosa te he de decir? ¿por qué vacilas?...

—¿Renunciarias por mí a tu madre? le preguntó Pedro vacilando.

—¿A mi madre? esclamó Luisa, desprendiéndose de sus manos i tomando una actitud trájica. ¡Renunciar a mi madre! ¿Te he oido bien? No te entiendo. ¿Qué me propones?...

—Sí, a tu madre...