—Me asustas, Pedro... ¡Tú no estás en tu juicio! ¡Renunciar a mi eterno anhelo de ventura, a mi madre, a quien amo tanto, con este amor que se ha hecho mas intenso, miéntras mas he pensado en ella; con este amor que se ha convertido en una ilusion, en una fantasía, a medida que mi padre se mostraba mas reservado sobre mi pobre madre!

—Lo sé, pero ha llegado el momento de acabar con esa fantasía... Tu padre tenia razon en esa reserva...

—¿Por qué?... ¿Acabará por fin este misterio?... Sí, lo recuerdo: siempre que interrogaba a mi papá sobre mi madre, acerca de la causa de su larga separacion, jamas me daba esplicaciones satisfactorias... Pero no la acusaba, no la trataba de ingrata, de infiel... la amaba i nos enseñaba a nosotros a amarla... Aun mas. Si su última voluntad fué la de que nos uniéramos a ella, ¿por qué pretendes tú quitármela?... ¡Hai una crueldad inmensa en este misterio! Cuando yo voi a tocar mi tesoro, tú quieres arrebatármelo. ¿Por qué?, dime, ¿porque me pides que te sacrifique mi bello ensueño, mi amor de hija, mi deber de hija?

—¿Sabes por qué?... Porque no puedo volver contigo a mi familia, si tú no renuncias a tu madre. Es casi una condicion de nuestra felicidad futura. Piensa, Luisa, que cuando mi padre me mandó a viajar al continente, no fué para que renunciara a mi patria, que es España, ni para que abandonase a mi familia. Cuando te entregué mi corazon, no fué tampoco para renunciar a mi patria. Tú recuerdas que te lo dije. Cuando tu padre me concedió tu mano, le declaré que te llevaria a vivir conmigo en Madrid, i él me dió su aprobacion. Mis padres tambien bendijeron mi eleccion por eso: te esperan con sus brazos abiertos. Mas no puedo llevarte, si tú no renuncias a tu ilusion. Debes hacerlo por tu propio interes, para asegurar tu porvenir.

—Cada vez te comprendo ménos. ¿Por qué llamas ilusion el deber de una hija? ¿Por qué ha de ser una ilusion el amor de una hija, i no lo seria tu amor por tus padres? La razon: quiero saberla. ¿Por qué una hija ha de tener que renunciar a su madre para asegurar su porvenir? ¿Se ha visto eso alguna vez?... ¿Quién es mi madre? ¿Una mujer indigna, criminal, infame, hasta el estremo de que sus hijos deben renegarla?

—Nada de eso, Luisa. No habrá quien pueda tachar con motivo la conducta de tu madre. Me lo has oido, ella es quien ha dirijido los negocios, duplicando la fortuna de tu padre, hasta imposibilitarse en el trabajo... Pero...

—A tí te conviene que yo renuncie a ella, porque talvez no corresponde a tu cuna, a tus ideas de nobleza... Ahora te comprendo. Sin embargo mi madre es mi madre, i yo seré su hija, aunque sea la hija de una mujer criminal. ¡Yo la rehabilitaria!

—Tu ilusion, que no tu amor filial nos pierde a tí i a mí, Luisa. No te engañes. No puedes amar a una madre que no conoces, i vas a ver, cuando la conozcas, que esa mujer no puede inspirarte amor.

—¿Será talvez deforme, espantosa?... Mayor motivo para amarla... ¿Pero qué te contiene? ¿por qué no dejas ya esas reticencias, i me dices quien es mi madre?...

Esto decia Luisa, juntando las manos en ademan de súplica, cuando Pedro, buscando en su cartera, sacó una fotografia i se la presenta, diciéndole: