—Quizá está arrepentida de haber hecho el viaje, dijo sordamente Pedro. ¡Quién sabe si a todos nos va a suceder otro tanto!
—No lo espero, ni lo temo, se apresuró a decir Roberto. Es natural que uno esté desabrido en los primeros momentos de llegar a un pais que no se conoce, aunque sea la patria.
—En efecto, añadió el jóven Agüero, lo desconocido siempre inquieta el ánimo; fuera de que la señorita Luisa quizá echa algo de ménos, sentirá saudades...
—Luisa, acentuó Ana, no puede estar ni arrepentida ni inquieta de haber llegado aquí, pues va a realizar su deseo supremo.
—¿Cuál? preguntó Llorente.
—El de conocer a mi madre, respondió Ana, yo haria dos veces el viaje por conocerla.
—I yo cuatro, añadió Roberto. Es nuestro anhelo, al fin de nuestra larga empresa; i tú verás, Pedro, que es vano tu temor, pues no nos hemos de arrepentir de haber venido a conocer a mi madre, a llevárnosla, para cumplir con la voluntad de mi pobre papá.
—¿Sabes que no comprendo el motivo de ese mandato de tu padre? dijo Llorente con animacion. ¿Por qué mover de su pais a una mujer enferma, anciana, imposibilitada, que jamas podrá acomodarse a vivir en Inglaterra?
—El motivo es claro, esclamó Roberto, puesto que mi padre queria que viviéramos al lado de nuestra madre, para atenderla en su enfermedad, para hacerle llevadera su ancianidad.
—¿I eso, por qué no aquí, en el propio pais de la señora? preguntó Llorente.