—Yo no me conformaria con eso, esclamó Ana.

—Mi padre, dijo Roberto, tuvo siempre deseos de que no viviéramos en el Perú. Talvez temia a los gobiernos de bota fuerte.

—En tal caso, replicó Llorente, bastaria que conocierais a vuestra madre, i volvieseis a residir sin ella en Inglaterra.

Roberto i Ana esclamaron a un tiempo, el primero.—¡Imposible!—la segunda—¡Eso seria lo mejor!

IV.

Un sirviente puso fin a aquel diálogo, anunciando a don Sebastian, en un viejito risueño, de movimientos ájiles que entró haciendo gran ruido.

Era él de un color cobrizo que daba tono a una cara espresiva, de ojos vivaces, al traves de los anteojos que descansaban en una nariz aguileña, la cual se encorvaba hácia una boca sin dientes i de pliegues de constante burla. Su espaciosa frente, que se apoyaba en cejas prominentes i pobladas, se ligaba con una lustrosa calva que invadia casi todo su cráneo, bien modelado.

Don Sebastian hablaba alto, con acento español i una pronunciacion perceptible, acentuada, pero abierta como la de los venezolanos.

Roberto se adelantó a abrazarle, llamándole el fiel amigo de su padre.