Llo. (con gravedad). Indudable. He visto los documentos que comprueban su matrimonio con la negra esclava.

D. Seb. Calumnia señor Llorente, ¡calumnia impropia de un caballero! Doña Rosalia era ya libre, cuando nació Luisa, este ánjel del cielo. El señor Greene le otorgó su libertad, cuando le dió su corazon i la hizo su esposa ante la Iglesia, porque la consideró digna de ser la madre de sus hijos. Si esa virtuosa negra no hubiera preferido quedarse en el trabajo, para multiplicar la fortuna de su marido, miéntras éste iba a educar a sus hijos en su patria, vosotros, queridos niños, habriais crecido amando a la negra que hoi os repugna.

Rob. (desolado, dirijiéndose a Llorente). Qué vamos a hacer. ¡Dios mio! Tú debes resolver...

Llo. Volvernos a Inglaterra.

Luisa. ¿Sin verla?

Llo. (secamente). Sí.

Ana. Sin verla, sí, inmediatamente.

Rob. Esa es mi resolucion. Nos volvemos.

Luisa (con dignidad). ¡Pero sin mi! Volveos en hora buena, que llevareis la maldicion de Dios i la risa de los hombres... ¿Yo? ¡yo, corro a abrazar a mi madre!

Rob. Eso es imposible. Se disolveria nuestra familia.