Llo. Sí, nos iremos, i Luisa con nosotros.
Luisa. Perded toda esperanza... Yo no mato a la que me dió el ser, desconociéndola, despreciándola... Volveos a Europa, vosotros, si quereis romper tan cruelmente los vínculos que nos unen, si quereis desobedecer a nuestro padre, ultrajar su memoria... (llorando). Volveos, yo corro a abrazar a mi madre, a consolarla de vuestra ingratitud... ¡Yo lloraré con ella!...
VI.
Ocho dias despues, a las dos de la tarde, se encontraban Luisa i el doctor Agüero conversando, en el mismo salon del Hotel Morin en que habia pasado la escena dramática que se acaba de leer.
Luisa estaba sentada al piano, recorriendo con indolencia el teclado, del cual arrancaban sus bellas manos vagas melodías i dulces reminiscencias de los pasajes mas tiernos de Bellini. Agüero estaba en pié a su lado.
Tocando con la derecha el llanto de la Sonámbula, cuando su novio le arranca el anillo, decia Luisa.
—Me complazco en reconocerlo. Es Ud. mui jeneroso. Debo agradecerle el interes que ha tomado en mi defensa.
—Me paga Ud. con usura, la replicaba el doctor. No merece gratitud mi sincera admiracion, mi admiracion entusiasta por la hija que ama i venera a su madre, hasta sacrificar su porvenir a su deber filial. ¿Qué hago yo con aceptar su noble causa? ¿Qué mérito tengo en combatir las absurdas preocupaciones de sus hermanos i de su novio, que la sacrifican en aras de su error, renegando aquellos de la que les dió su ser, desgarrando éste el corazon de su prometida? ¿Qué hago sino ponerme al lado de lo mas justo i noble, obedeciendo a ... mis principios ... a, lo diré claro, obedeciendo a la admiracion, al amor que Ud. me inspira...
Al oir estas palabras, Luisa se levantó con dignidad del piano, i si hubiera mirado a la puerta del salon, que estaba entornada, podria haber descifrado la figura de Llorente, que acababa de llegar, quedándose afuera en acecho de lo que pasaba en lo interior.