—¿Su amor por mí? esclamó ella. No, señor Agüero. Yo no puedo aceptar su amor. ¿Podria yo consentir en que me amase otro hombre que el que posée mi corazon? Permítame Ud. ser franca i pagarle con mi sinceridad su noble desprendimiento.
—¡No soi digno de amarla, hermosa Luisa! murmuró turbado el doctor.
—No es eso, caballero. En todo caso yo seria la indigna de su amor, desde que no puedo ni debo corresponderlo.
—En verdad, volvió a murmurar Agüero, hace apénas una semana que nos conocemos, i no ha tenido Ud. tiempo de comprenderme, ni de estimarme...
—Tampoco es eso, acentuó Luisa, pues yo le conozco a Ud. i le estimo como a un verdadero amigo. Pero Ud. lo sabe, soi la prometida de Pedro, a quien tanto amo...
—Lo sé demasiado i por eso no sé concebir por qué le guarda Ud. fidelidad, despues que él...
—Me ha abandonado, interrumpió la hermosa. ¿Pero soi yo dueño de mi corazon? ¿No le pertenece siempre, a pesar de su desvío? Nunca podré olvidarle, no sabré jamas aborrecerle, i siempre tendré que confesar que le amo, para consolarme...
—Ud, aprenderá, Luisa, a olvidarle i tambien a aborrecerle.
—¡Jamas! ¿Puede una mujer olvidar al hombre que despertó su corazon, que le inspiró su primer amor, sus primeras ilusiones, sus primeras esperanzas?
—¡Puras fantasías de niña! ¡Fantasías que sirven de lenitivo al desden señorita! Su juicio de Ud. triunfará, tiene que triunfar cuando Ud. se convenza de que no puede retener al que despertó su corazon, por que él tiene mas amor, mas fidelidad por su cuna que por su novia... Apelo a su futuro desengaño.