—Apelará Ud. en vano. Ya tengo el desengaño en el alma, pues el abandono que hace de mí el que debió ser mi esposo me ofende de veras: i tanto, que no estaria en mi dignidad de hija de una pobre negra el no conformarme con él, sin réplica. ¿Cree Ud. que yo podré jamas rogar al que me abandona, al que rompe sus compromisos tan solo porque descubre que es hija de una negra la que ántes llamaba su ídolo?...

—Eso seria indigno de Ud., i por lo mismo comprendo ménos la sinceridad de sus protestas de amarle siempre.

—Son sinceras porque ni sé vengarme, ni tampoco sé cómo despedazar mi corazon para arrancarle un amor que lo ocupa todo entero. Cierto es que hai ofensas que no tienen otra reparacion que la muerte. ¿Pero puedo yo tener un corazon de Otelo? ¡Ah! ¡Será mi propia muerte la que me vengue, poniendo término a un amor que no sé cómo dominar!...

—¡He ahí el despecho, noble Luisa! No lo dude Ud. Eso acabará cuando Ud. se calme, cuando reflexione con serenidad, que no la ha amado el hombre que conquistó su corazon, puesto que sus preocupaciones de familia son mas fuertes en su espíritu que el amor que le juró a Ud., i mas sagradas que su juramento. Entónces, cuando ese desengaño que hoi la atormenta aclare su mente, Ud. me hallará a mí siempre amándola con toda mi alma. Espero. El verdadero amor tiene paciencia.

Luisa lloraba, i entre sollozos esclamó:

—No hablo por despecho. Acepto mi desengaño i no conservo esperanza alguna. Mi espíritu está sereno, cuando le digo a Ud. que solo acabará mi amor con la muerte. Tengo la conviccion de que no dejaré de amar nunca al hombre que es indigno de mi amor... ¿Qué no sabe Ud. que hai amores indelebles, que hai amores que no pueden desecharse, ni apagarse jamas?... ¡Bien lo sabia yo cuando me resolví a sacrificarme, por mi deber, a mi desgraciada madre!...

La voz de Luisa se apagó entre lágrimas, al oirse en los pasadizos la de don Sebastian que altercaba con álguien, i en ese momento penetró Llorente en el salon, seguido mui de cerca por el bullicioso anciano.

VII.

Llorente se adelantó al sillon en que Luisa reposaba, i tomándole con cariño la mano, le preguntó por qué lloraba, llamándola Luisa querida.