—I tú quieres ahora que esa espiacion del padre continue atormentando a la hija, que quiere salvarse de semejante martirio, prefiriendo tener la satisfaccion de reconocer a la negra como madre, para no tener que ocultar su oríjen.

—Precisamente, dijo Llorente con cariño, es eso lo que no quiero. No reconociendo tú a Rosalia como tu madre, te salvarás del martirio de tu padre i no harás sufrir a tus hijos. Reconociéndola, publicando tu oríjen, condenas a tus hijos a la vergüenza de ser rechazados de la sociedad en que debemos vivir. Un hombre bien nacido que cautivase el corazon de una hija tuya, la repudiaria como esposa, al saber que descendia de una negra, i causaria la desgracia de toda su vida.

—Haria lo que tú conmigo. ¿No es eso? Mas si yo tuviera una hija, le inspiraria ideas exactas de moral i de honor, como las que me inspiró mi padre; i con la esperiencia que tú me das hoi, la enseñaría a huir de los hombres que fundan el honor en la limpieza de su sangre. ¿No llaman así la raza sin cruzas? No haria yo de una hija mia la esclava de esa sociedad en que los hombres que se creen nobles o simplemente hidalgos, como tú, se suponen autorizados para no ser honrados, para terjiversar la moral, para faltar a las leyes del honor, causando la desgracia de una pobre niña, que no quiere mancharse, a los ojos de Dios i de su propia conciencia, con el crímen de despreciar a su madre, por finjir que su sangre es limpia. Mi padre fué tambien de noble cuna en Inglaterra, i no vaciló en dar su mano a la negra que le entregó su corazon i su pureza, ni en enseñar a sus hijos a que amaran a la negra que es su madre. Tú, Pedro, que no eres capaz de sacrificarme tu preocupacion, me exijes que te sacrifique a mi madre, porque no hallas digna de tu mano a la hija de una negra...

—Soi capaz de sacrificarte mi vida, Luisa mia...

—Mas no tu preocupacion, le interrumpió la hermosa jóven. Si, tu preocupacion infundada, porque tú no tienes títulos de nobleza; solo tienes una simple vanidad.

—Tengo que respetar el medio en que nací, las ideas de mi centro social, que son las de una familia de hidalgos.

—En hora buena, Pedro, sigue esas ideas i déjame a mi seguir mi deber, si eso puede mas en tu corazon que tu amor, que tus juramentos. Haces bien, perfectamente bien. Si no puedes vivir como mi esposo aquí, en mi patria o en Inglaterra, donde tu carácter te daria una posicion como la que tienes en España por lo ménos, te absuelvo de tu compromiso. No quiero tu amor.

—Pero, Luisa, sé racional. Recuerda que tengo que volver al seno de mi familia...

—Allí no puedo yo vivir contigo, sino a condicion de renegar a mi madre. Solo con esta condicion me crees racional... No, mil veces nó. Vuelve tú a tu patria. Yo no puedo seguirte a donde mis cualidades personales no me salvarian del desprecio, que agoviaria a la hija de una negra, que tambien tiene su honor, que tambien crée en la probidad...

Dijo esto Luisa anegada en lágrimas i salió del salon, a la vez que entraban hablando en alta voz don Sebastian i Roberto.