Llorente le tomó con efusion las dos manos, diciéndole:—Cálmate, Luisa, reflexionemos como amigos, como dos esposos que se aman. No digas que soi indigno de tu amor, que siempre ha llenado mi alma. No he dejado de adorarte. Pero piensa, mi Luisa, que no basta que tengas razon en lo que me dices. Advierte que tambien es necesario pensar como piensa la sociedad en que vivimos, respetar sus conveniencias i sus costumbres, someternos a lo que prescribe esa civilizacion que invocas... Me tengo por caballero, i precisamente por eso es que procedo del modo que tú repruebas.
—Luego uno u otro estamos equivocados, replicó Luisa con cariño. Veamos si soi yo, Pedro, ya que no pienso cómo piensa la sociedad. Si desconozco a mi madre, porque es una negra, si huyo de ella, despreciándola, como mis hermanos, ¿la sociedad aplaudirá, la civilizacion aprobará, crees tú?...
—No terjiverses, le interrumpió Llorente. La sociedad i la civilizacion reprobarian al hijo que tal hiciera con su madre. Pero la alta sociedad rechaza de su seno al que se confiesa hijo de un negro, sin ocultar su oríjen, pudiendo hacerlo.
—¿Entónces será preciso engañar a la sociedad, será necesario hacerle creer que una no es hija de la que le dió la vida? interrogó Luisa.
—I con tanta mas razon, querida mia, cuanto que tú no has conocido jamas a la que te dió el sér, i puedes con toda facilidad volver a Europa sin reconocerla, para que la alta sociedad en que hemos de vivir no conozca tu desventurado oríjen.
—¡Oh! esclamó Luisa, tú hallas lícito ese proceder que despedazaria mi corazon i me sumiria en un remordimiento eterno! Hallas conforme a la moral, a la civilizacion que yo mate a mi madre con mi desprecio, para que la sociedad no sepa de quien soi hija. Luego, segun tu moral, se puede cometer un crímen, con tal, que se salven los apariencias, se puede llevar el alma manchada i torturada, para gozar de las consideraciones de esa alta sociedad, para procurarse en ella un puesto de prestado, que se perderá el dia en que se descubra el secreto... Si eso es la moral, si eso es la civilizacion de la alta sociedad en que vamos a vivir, dime, ¿no podrá tambien una esposa deshonrar a su marido, cuidando de que éste ni la sociedad lo sepan?... ¿No será lícito pisotear todos nuestros deberes, ultrajar todas las leyes de Dios i de los hombres, con tal que la alta sociedad lo ignore, aunque sea por algun tiempo? ¿Qué tal, Pedro querido? ¿Te parece que mi padre aprobaria estas doctrinas, él, que siempre nos dió el ejemplo i la enseñanza de la probidad?...
Llorente despues de dar un paseo por la sala, como para despejar su turbacion, le contestó:
—No arguyas, Luisa. Reflexionemos con tranquilidad. El hecho es el hecho. Puede no tener razon la sociedad, pero su desprecio, es desprecio, i yo no me siento capaz de arrostrarlo... Quiero vivir en el centro en que nací, i quiero vivir contigo por que te amo, por que sin tí no quiero la vida, Tú lo sabes, mi eleccion de la mujer que ha de ser la compañera de mi vida es la obra de mi corazon, i fué tambien aprobada por tu padre, que me consideró digno de tí. Imitemos a tu padre: el no reveló jamas el oríjen de sus hijos...
—Te engañas, Pedro. Mi padre confesó siempre a su esposa, nos la presentó siempre como madre, i al morir, nos ha ordenado juntarnos a ella, reconocerla a nuestro lado.
—Pero jamas os dijo que era una negra, porque ese era su propio martirio. El era justo i prudente.