—¿Olvidas que no soi todavía el marido de Luisa? preguntó Llorente.

—Puedes serlo hoi mismo, dijo el jóven.

—Eso supondria que Luisa consiente en casarse i en irse, sin ver a su madre, agregó don Sebastian.

Hubo un largo silencio, que interrumpió Roberto, preguntando a Pedro.

—¿Qué dice Luisa? ¿Se va con nosotros?

—Luisa es inexorable, murmuró aquel. No puedo persuadirla. Antes bien...

—¿Te ha persuadido a tí? interrogó Roberto. De modo que no hai quien tenga autoridad sobre esa caprichosa. Ella ha de hacer su voluntad.

—¡Pues es claro! gritó don Sebastian. ¿Quién tiene autoridad para obligar a una hija a que reniegue a su madre?

—Su novio, su esposo, contestó Roberto. El que puede conducirla al altar en el acto, señor don Sebastian.